Recién, en el colectivo la mujer que viajaba al lado mío tenía un perfume que me llevaba a un lugar. No era en realidad perfume, era más bien una crema de enjuague, algo así, una mezcla de shampú y crema, nada grandilocuente. Era increíblemente familiar. Me inundaba de una sensación de bienestar, de haber sido feliz cuando, muchos años atrás, desde algún otro lado me llegaba el mismo perfume. La miré para ver si había algo especial en ella. Si era especialmente linda, si llevaba el pelo arreglado de alguna manera particular. Algo que acompañara ese perfume que me llevaba como en oleadas a algún recuerdo que no pude identificar. Pero no. De hecho tenía el pelo atado de una manera desprolija, no desprolija a propósito como usan tanto las adolescentes, sino desprolija de no haber sabido atárselo bien. Qué cosa los olores, los perfumes. Qué sentido, el olfato, capaz de guardar en secreto un recuerdo, como este que no pude todavía descifrar. Y ahí va a quedar. Tengo muy mala memoria. Pienso en esto mientras empiezo a leer una novela que promete ser exquisita: Flores de un solo día, de Anna Kazumi Stahl.
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lunes, 4 de noviembre de 2013
sábado, 5 de febrero de 2011
Sábados de poema
Tengo la mañana del sábado para mí. Así que aquí va un poema, sin corregirlo demasiado, aviso, así, como no deberá subirse, en crudo; pero admito que esta es la función del blog. Subir cosas o cositas, probarlas, leerlas, uno mismo así en la pantalla y después decidirles la suerte. Así que probablemente en los días siguientes el poema vaya mutando de forma o vaya uno a saber.
Lucio
¿Y qué decía yo, qué decía?, y después
¿hacia dónde corríamos?, ¿y quién rodaba colina abajo
yo, mamá, qué hacía? Juanele hubiese escrito un hermoso poema
con este empeño tuyo por desglosar la realidad, abrirla
como si se tratase de llegar al corazón de una nuez. Y es cierto, el día está tan lindo
que todo parece posible; un poema, una carrera a través de eso que vos
y los demás chicos llaman, la colina. Pero sería necio no advertirte
que suelen tener mejor suerte
los hombres que no se empeñan en recordar lo vivido, que ruedan
cuesta abajo o trepan –poco importa, si de caer lo harían
sobre el pasto prolijo del club- pero que no giran la cabeza
cada dos por tres para ver las pisadas todavía frescas,
el pasto apenas inclinado. Corré, te aliento, corré que también va Iñaki
pero no lo digo en voz alta porque sé que de alguna extraña manera
confias más en un relato confuso y mío que en el valor de la experiencia;
entonces el ritual es decir el pasado inmediato
desgranarlo juntos en el camino de regreso a casa: dijiste que vos también los perseguirías
que ibas a subir con la rama la colina
y en el apuro Iñaki cayó cuesta abajo y le dijiste, vení
volvamos y desde arriba planearon otra vez la salida, rodaron
cada uno con su arma y sobre el pasto, solitaria
la carrera de los dos me pareció heroica.
Idem anterior: de un incierto pero futuro libro
Lucio
¿Y qué decía yo, qué decía?, y después
¿hacia dónde corríamos?, ¿y quién rodaba colina abajo
yo, mamá, qué hacía? Juanele hubiese escrito un hermoso poema
con este empeño tuyo por desglosar la realidad, abrirla
como si se tratase de llegar al corazón de una nuez. Y es cierto, el día está tan lindo
que todo parece posible; un poema, una carrera a través de eso que vos
y los demás chicos llaman, la colina. Pero sería necio no advertirte
que suelen tener mejor suerte
los hombres que no se empeñan en recordar lo vivido, que ruedan
cuesta abajo o trepan –poco importa, si de caer lo harían
sobre el pasto prolijo del club- pero que no giran la cabeza
cada dos por tres para ver las pisadas todavía frescas,
el pasto apenas inclinado. Corré, te aliento, corré que también va Iñaki
pero no lo digo en voz alta porque sé que de alguna extraña manera
confias más en un relato confuso y mío que en el valor de la experiencia;
entonces el ritual es decir el pasado inmediato
desgranarlo juntos en el camino de regreso a casa: dijiste que vos también los perseguirías
que ibas a subir con la rama la colina
y en el apuro Iñaki cayó cuesta abajo y le dijiste, vení
volvamos y desde arriba planearon otra vez la salida, rodaron
cada uno con su arma y sobre el pasto, solitaria
la carrera de los dos me pareció heroica.
Idem anterior: de un incierto pero futuro libro
lunes, 31 de enero de 2011
Correcciones
Como una vaca que quiere pastar tranquila
Me dijiste algo levemente perturbador –una palabra o quizás
haya sido el tono, la manera de decir.
Era lo que quería: estar juntos, sorber de tu cuello
un pensamiento, una imagen
apropiármela y decirte luego, para tu asombro: mirá, éste sos vos.
Ahora te escucho resoplar cansado, tu cuerpo inmenso
e imagino que habito la cueva de un buey, sigilosa
vaca sombría y callada me muevo sólo
para acercarme un poco y después echarme
de lleno a pastar, a mirar
la llanura siempre verde e imaginar que es toda mía.
Me dijiste algo levemente perturbador –una palabra o quizás
haya sido el tono, la manera de decir.
Era lo que quería: estar juntos, sorber de tu cuello
un pensamiento, una imagen
apropiármela y decirte luego, para tu asombro: mirá, éste sos vos.
Ahora te escucho resoplar cansado, tu cuerpo inmenso
e imagino que habito la cueva de un buey, sigilosa
vaca sombría y callada me muevo sólo
para acercarme un poco y después echarme
de lleno a pastar, a mirar
la llanura siempre verde e imaginar que es toda mía.
sábado, 29 de enero de 2011
Poemas nuevos
Como una vaca que quiere pastar tranquila
Me dijiste algo levemente perturbador –una palabra o quizás
haya sido el tono, no sé, lo cierto es que esa manera de decir
era por completo ajena a vos.
Era lo que quería: estar juntos, sorber de tu cuello
un pensamiento, una imagen diferente a la habitual
apropiármela y decirte luego, para tu asombro: mirá, éste sos vos.
Ahora te escucho resoplar cansado, tu cuerpo inmenso
e imagino que habito la cueva de un buey, sigilosa
vaca sombría y callada me muevo sólo
para acercarme un poco y después echarme
de lleno a pastar, a mirar
la llanura siempre verde e imaginar que es toda mía.
Lavadero
Antes de sumergir los dedos en la espuma del agua
huelo la ropa amontonada como lo haría cualquier animal –
¿de qué otra manera saber
si tal o cual prenda está usada, el pantalón, los minúsculos calzoncillos?
Remojo los dedos en agua enjabonada
abro con la mano, la espuma
y cada movimiento
es una frase.
Lucio
Hoy, por ejemplo, fuimos al club.
Tuvimos que volver corriendo, Lucio y yo con el bebé en brazos.
Pero antes, en el arenero, me atravesaba la cadencia
de un poema. ¿Se cumplía tal vez
aquella premonición mía de niños corriendo o descansando?
Como cuando dije aquí jugarán los más grandes, allá
los más chicos y alguien pensó que describía
la vida de otra o recitaba de memoria un poema de Carrera.
Llegamos empapados los tres.
Dicen que no existe algo así como el amor a los padres.
Pienso en esto mientras subo el cierre de la campera de Lucio
convencida de que es mucho más
un acto egoísta, mío;
si apenas transitamos un invierno moderado, si no hay nieve ni escarcha
si son sólo unos metros y correr sería lo más acertado.
Esquivo, entonces, la mirada inquieta de mi hijo
sus hombros apenas encorvados
y contra todos los pronósticos, lo abrigo.
De álgún próximo libro, de título, por ahora, incierto.
Me dijiste algo levemente perturbador –una palabra o quizás
haya sido el tono, no sé, lo cierto es que esa manera de decir
era por completo ajena a vos.
Era lo que quería: estar juntos, sorber de tu cuello
un pensamiento, una imagen diferente a la habitual
apropiármela y decirte luego, para tu asombro: mirá, éste sos vos.
Ahora te escucho resoplar cansado, tu cuerpo inmenso
e imagino que habito la cueva de un buey, sigilosa
vaca sombría y callada me muevo sólo
para acercarme un poco y después echarme
de lleno a pastar, a mirar
la llanura siempre verde e imaginar que es toda mía.
Lavadero
Antes de sumergir los dedos en la espuma del agua
huelo la ropa amontonada como lo haría cualquier animal –
¿de qué otra manera saber
si tal o cual prenda está usada, el pantalón, los minúsculos calzoncillos?
Remojo los dedos en agua enjabonada
abro con la mano, la espuma
y cada movimiento
es una frase.
Lucio
Hoy, por ejemplo, fuimos al club.
Tuvimos que volver corriendo, Lucio y yo con el bebé en brazos.
Pero antes, en el arenero, me atravesaba la cadencia
de un poema. ¿Se cumplía tal vez
aquella premonición mía de niños corriendo o descansando?
Como cuando dije aquí jugarán los más grandes, allá
los más chicos y alguien pensó que describía
la vida de otra o recitaba de memoria un poema de Carrera.
Llegamos empapados los tres.
Dicen que no existe algo así como el amor a los padres.
Pienso en esto mientras subo el cierre de la campera de Lucio
convencida de que es mucho más
un acto egoísta, mío;
si apenas transitamos un invierno moderado, si no hay nieve ni escarcha
si son sólo unos metros y correr sería lo más acertado.
Esquivo, entonces, la mirada inquieta de mi hijo
sus hombros apenas encorvados
y contra todos los pronósticos, lo abrigo.
De álgún próximo libro, de título, por ahora, incierto.
martes, 18 de enero de 2011
Una tortuga de mar que vimos descansar al sol una mañana, sobre la arena
Fue así: apenas llegábamos con la sombrilla, la silla, la lona, cuando vimos un grupo de cinco o seis hombres, mujeres –de esas, esos que caminan a ritmo parejo todas las mañanas hundiéndose un poco en la arena, conversando, gesticulando- en círculo alrededor de algo que no sabíamos exactamente qué era. S fue a “tocar el mar” con Lucio y Mateo –“tocar el mar”, “saltar las olas”, repertorio verbal de los que convivimos con niños en vacaciones- y yo me apuré a ver qué pasaba en el centro de ese círculo de gente con los trajes de baño chorreando agua salada y la mirada puesta en un animal –no podía ser otra cosa- que desde donde yo estaba, no podía ver. Y cuándo llegué…. Una tortuga de mar con su caparazón más ovalado que redondo, verde amarronado. Y las hipótesis: “estaba cansada, dicen que se acuestan así en la playa y luego vuelven al mar”, las preguntas: “¿estará enferma?”, “¿qué le pasa, mamá?” y todo eso con lo que uno imagina un poema mientras la tortuga inmensa en su placidez mueve apenas la cabeza como diciendo, estoy aquí y un niño llega con un balde de agua y la moja y todos nos miramos, y yo salgo a buscar a mi hijo mayor y le digo mirá, Lucio, una tortuga de mar.
Y me quedo pensando, después de escribir esto, lo primero que escribo en muchos días –¡qué felicidad!- sentada en un bar a una cuadra de mi casa en pleno barrio norte, ahora, pienso que esto es lo que traje de las vacaciones una primera frase, un poema, quizás, algo así como “nosotros éramos los que mirábamos la tortuga de mar….” Sigo pensando, en una asociación de ideas quizás excesiva –perdón, estoy demasiado feliz por poder sentarme un ratito a volcar estos pensamientos, permítanme esta reflexión en diagonal- en una antipática columna que leí de Andrés Neuman en Ñ, hace unos días, donde hablaba de Henry James y de sus rodeos a la hora de escribir, pensaba yo, en relación también a un ensayo que leí de Sergio Chejfec sobre Gianuzzi (Sobre Gianuzzi, Bajo la luna, 2010)–un ensayo increíble, conmovedor, genial construido en gran medida como un larguísimo rodeo- que de eso se trata escribir. Dar una larguísima vuelta sobre el lenguaje, decir, decir, decir pero hacerlo echados o enredados en nuestros propios pensamientos como esa tortuga de mar, como Chejfec, como James, y qué importa si para alguno se trata de una experiencia masturbatoria en relación al lenguaje, qué importa.
Y me quedo pensando, después de escribir esto, lo primero que escribo en muchos días –¡qué felicidad!- sentada en un bar a una cuadra de mi casa en pleno barrio norte, ahora, pienso que esto es lo que traje de las vacaciones una primera frase, un poema, quizás, algo así como “nosotros éramos los que mirábamos la tortuga de mar….” Sigo pensando, en una asociación de ideas quizás excesiva –perdón, estoy demasiado feliz por poder sentarme un ratito a volcar estos pensamientos, permítanme esta reflexión en diagonal- en una antipática columna que leí de Andrés Neuman en Ñ, hace unos días, donde hablaba de Henry James y de sus rodeos a la hora de escribir, pensaba yo, en relación también a un ensayo que leí de Sergio Chejfec sobre Gianuzzi (Sobre Gianuzzi, Bajo la luna, 2010)–un ensayo increíble, conmovedor, genial construido en gran medida como un larguísimo rodeo- que de eso se trata escribir. Dar una larguísima vuelta sobre el lenguaje, decir, decir, decir pero hacerlo echados o enredados en nuestros propios pensamientos como esa tortuga de mar, como Chejfec, como James, y qué importa si para alguno se trata de una experiencia masturbatoria en relación al lenguaje, qué importa.
De verdad recomiendo el libro de Chejfec, es buenísimo. Lo leí tirada al sol, como la tortuga, a la hora de la siesta -y eso que recomiendan no estar al sol a esa hora, pero ay! qué bien la pasé, en mi reposera, mientras todos los varones de la casa dormían. Habrán sido apenas 50 páginas, 50 páginas en todo el verano, pero qué lindo relato, qué preciosa manera de leer que tiene Chejfec, como Saer, y qué antipático eso de pensar -como lo hacen los detractores de James- que la literatura tiene que ir directo a su objeto, como si alguien pudiera sber qué es ese objeto, de qué se trata. Releí también el primer capítulo de Moby Dick y ahora, estoy desconcertada. ¿Con qué seguir? Espero, ansiosa volver a saber o a recordar de qué manera se escribe un libro de poemas.
domingo, 3 de octubre de 2010
¿No escribo, escribo poco, qué escribo?
Últimamente tengo la sensación de no estar escribiendo nada. Paradójicamente se trata del momento en el que más trabajo tengo: es decir cuando más tengo que escribir por encargo. Y sin embargo -o justamente por eso, nada de poemas, nada de ficción. Siempre fui terriblemente dramática de manera que hay una vocecita interna que me dice: este es el fin, estás atrapada en las redes de la escritura utilitaria, caíste en tu propia trampa. Claro que después reflexiono y pienso: escribir es, después de todo lo que más me gusta hacer, así que, mientras tengo pocas ideas para escribir "lo mío", escribir según el tono de otro, al menos ejercita la mano. Pero, ¿qué es lo mío? Cuando trabajaba en una multinacional atendiendeo el teléfono, me decían: "Claro, no es lo tuyo" La misma frase se replicó exacta en al menos otros 6 trabajos que tuve a lo largo de mi vida laboral. Que no fuera lo mío me habilitaba a estar medio frustrada, enojada, de mal huor, esperando esa oportunidad de, finalmente, trabajar "en lo mío". Y ahora, que lo mío sigue siendo un tiempo lejano -quizás más accesible- pero imposible pienso lo siguiente: entre tanta escritura por encargo, entre tanto "periodismo" -aunque nunca pueda denominarme a mi misma periodista sino más biene escritora o escribiente o escribidora, ojalá existiera un mote para denominar a quien escribe y quitarle todo misticismo- lo mío son los restos. Los restos de la información: esas descripciones largas, esas largas vueltas del lenguaje, esos recovecos. Por eso me persigue la sombra de alguna novela que alguna vez comencé a escribir y nunca terminé. Pero gratamente: porque se trataba de seguir al lenguaje. Por eso me gusta Chejfec. Por eso amo a Saer. Por eso, supongo, escribo poesía. Porque la literatura es un lujo. Y así la entiendo. Lo mío, supongo, ese territorio siempre un poco más allá, siempre un poco postergado, siempre ahí, es ese espacio residual de las historias. Ese lujo -y no por lujoso, brillante o costoso en cuanto "de gran valor". No. El lujo es también lo que se deja de lado, lo que sobra, lo que la máquina trituradora de historias obliga a descartar´.
Y aquí dej de escribir: afuera hay un sol perfecto.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Rutina, ómnibus, poema, en Escritores del mundo
Palestina (ex Rawson), Pringles, Yatay, Estado de Israel. Repito en silencio para mí: Palestina, Pringles. Vuelvo a empezar: F. Acuña de Figueroa, Gascón, Palestina. El colectivo avanza y una puede leer, cómoda, los carteles de las calles perpendiculares a Guardia Vieja, esas que el noventa y dos atraviesa, también, sin apuro. Sigue acá.
lunes, 8 de junio de 2009
Bucólicos
Ensayo
Al tercer día fueron al pueblo.
Tenés que ver esto, se decían el uno al otro
los pescados brillantes bajo el sol de febrero
los collares, el mar
con sólo levantar la vista y fijarla
en el final de la calle. Todo parecía coincidir
con sus expectativas de veraneantes,
poco ingenuos quizás
demasiado habituados a interpretar lo real
como si le quitaran el corazón a una nuez.
Ella se detuvo a mirar sombreros.
Eligió uno calado con piedritas azules
alrededor de la copa.
No había espejo, así que se dejó llevar
por su intuición
y a falta de evidencia
imaginó el juego de luces y sombras
que iría a proyectarse sobre su rostro
el tiempo que durara el verano.
*
Caminaron hasta el mar.
El hombre atravesó la rompiente
miró hacia la orilla
hacia la mujer, el niño o más allá
como si buscara medir distancias.
Ella hubiese querido
tener el cuerpo de otra mujer.
Nos ocupamos demasiado del alma
pensó, pero en realidad
se refería a la mente.
Esa noche frente al espejo
imaginó en lugar del suyo
otro cuerpo.
Y también se preguntó por su interior
¿era posible, otro interior?
*
La tormenta duró toda una noche.
El niño estuvo con su padre.
La madre se cubrió la cabeza con una manta
para evitar que los vidrios
al hacerse trizas, le lastimaran la cara.
Como era de esperar, el día sólo trajo lluvia
y el proyecto de una huida apresurada.
Pero una cantidad de cuestiones prácticas
impedían la salida. Era triste pensar en eso
mientras caminaban por la orilla, debajo
de la pesadez del cielo o daban vueltas
alrededor del lobo marino muerto.
*
Los libros que leyeron esos días les dejaron
un gusto amargo, de fracaso personal
o de fracaso grupal, colectivo.
Estaban lejos de la lírica y el amor les pareció
un artificio, una postal envejecida
sobre la que no habrían sabido qué escribir,
quizás algo así como: Queridos, el lugar es hermoso
el niño crece y disfruta del agua
del aire, de la arena, el tiempo a veces acompaña.
*
Partieron cuando comenzaba marzo.
El día pautado con los dueños
que llegaron para corroborar pérdidas,
roturas.
La casa había soportado intacta el temporal.
Sólo había que limpiar un poco los pisos
repasar el baño, en fin, prepararla
para los próximos inquilinos.
El auto que iba a llevarlos hasta el puerto
se atascó entre los médanos. Las ruedas
se hundieron en un gesto
que pareció de un inmenso desahogo.
El resto del viaje transcurrió sin sobresaltos.
Salvo para el niño que hubiese querido
un poco más de agua, aire y arena.
Al tercer día fueron al pueblo.
Tenés que ver esto, se decían el uno al otro
los pescados brillantes bajo el sol de febrero
los collares, el mar
con sólo levantar la vista y fijarla
en el final de la calle. Todo parecía coincidir
con sus expectativas de veraneantes,
poco ingenuos quizás
demasiado habituados a interpretar lo real
como si le quitaran el corazón a una nuez.
Ella se detuvo a mirar sombreros.
Eligió uno calado con piedritas azules
alrededor de la copa.
No había espejo, así que se dejó llevar
por su intuición
y a falta de evidencia
imaginó el juego de luces y sombras
que iría a proyectarse sobre su rostro
el tiempo que durara el verano.
*
Caminaron hasta el mar.
El hombre atravesó la rompiente
miró hacia la orilla
hacia la mujer, el niño o más allá
como si buscara medir distancias.
Ella hubiese querido
tener el cuerpo de otra mujer.
Nos ocupamos demasiado del alma
pensó, pero en realidad
se refería a la mente.
Esa noche frente al espejo
imaginó en lugar del suyo
otro cuerpo.
Y también se preguntó por su interior
¿era posible, otro interior?
*
La tormenta duró toda una noche.
El niño estuvo con su padre.
La madre se cubrió la cabeza con una manta
para evitar que los vidrios
al hacerse trizas, le lastimaran la cara.
Como era de esperar, el día sólo trajo lluvia
y el proyecto de una huida apresurada.
Pero una cantidad de cuestiones prácticas
impedían la salida. Era triste pensar en eso
mientras caminaban por la orilla, debajo
de la pesadez del cielo o daban vueltas
alrededor del lobo marino muerto.
*
Los libros que leyeron esos días les dejaron
un gusto amargo, de fracaso personal
o de fracaso grupal, colectivo.
Estaban lejos de la lírica y el amor les pareció
un artificio, una postal envejecida
sobre la que no habrían sabido qué escribir,
quizás algo así como: Queridos, el lugar es hermoso
el niño crece y disfruta del agua
del aire, de la arena, el tiempo a veces acompaña.
*
Partieron cuando comenzaba marzo.
El día pautado con los dueños
que llegaron para corroborar pérdidas,
roturas.
La casa había soportado intacta el temporal.
Sólo había que limpiar un poco los pisos
repasar el baño, en fin, prepararla
para los próximos inquilinos.
El auto que iba a llevarlos hasta el puerto
se atascó entre los médanos. Las ruedas
se hundieron en un gesto
que pareció de un inmenso desahogo.
El resto del viaje transcurrió sin sobresaltos.
Salvo para el niño que hubiese querido
un poco más de agua, aire y arena.
domingo, 17 de mayo de 2009
Más de Bucólico paisaje
La mujer sonríe, echa la cabeza para atrás
extasiada. El hombre mira a cámara, sostiene un bebé.
Se adivina el follaje de un parque
el clic de una máquina digital en automático.
Convivo con el gesto desproporcionado
de una mujer que no conozco.
La foto, –un amigo de la infancia que está enfermo
y vive en Paris- dice mi marido
deambula por la casa
como un espejo deformado de nosotros tres.
Ramas que se arquean sobre nuestra calle
inundan el barrio de una sombra apacible.
Los rayos llegan a destiempo
como empeñados en caer siempre
un poco por detrás nuestro.
No es el ritmo, ni el carácter de la marcha
sino la pregunta
¿cuál de nosotros se extravía
cuál muere, cuál es el que nos prolonga?
extasiada. El hombre mira a cámara, sostiene un bebé.
Se adivina el follaje de un parque
el clic de una máquina digital en automático.
Convivo con el gesto desproporcionado
de una mujer que no conozco.
La foto, –un amigo de la infancia que está enfermo
y vive en Paris- dice mi marido
deambula por la casa
como un espejo deformado de nosotros tres.
Ramas que se arquean sobre nuestra calle
inundan el barrio de una sombra apacible.
Los rayos llegan a destiempo
como empeñados en caer siempre
un poco por detrás nuestro.
No es el ritmo, ni el carácter de la marcha
sino la pregunta
¿cuál de nosotros se extravía
cuál muere, cuál es el que nos prolonga?
sábado, 2 de mayo de 2009
Otro poema
Te imagino en un edificio casi vacío
de esos que suelen usarse para oficinas.
El pelo negro envuelto en una toalla.
Leo tu novela. ¿Es verdad que esos años
fueron así de difíciles? ¿Que el aire
te resultaba espeso, que a duras penas te abrías paso?
Caminamos. Las luces se van encendiendo
el asfalto cede al verano
y sos mucho más veloz que yo
más optimista
cuando me agarrás fuerte de la mano
porque cambia la luz de los semáforos
y si corremos, decís
podemos llegar juntas y a tiempo.
De Bucólico paisaje (inédito)
viernes, 1 de mayo de 2009
Dos poemas
Había que retratarse la una a la otra
mirarse como en un espejo.
Laura tomó el lápiz para dibujarme.
¿Ves?, dijo la profesora y corrigió un trazo
acá la boca se pierde en una línea fina, desaparece.
Nunca había pensado en mi boca de esa manera
pero ahí estaba el hilo delgado de la forma
como la cuerda por donde un audaz equilibrista
podría medir la entereza de su oficio.
¿O era la voz? Un timbre apenas audible
porque es mejor, alguien alguna vez me dijo
confundirse entre la multitud, que quedar al descubierto.
No sabíamos que el aceite derramado traía
mala suerte. La idea había sido freír unas papas
cortarlas en rodajas y echarlas todas al mismo tiempo
en una sartén descolorida. Los caracoles-
agregó mi madre mientras raspaba el piso negro
la superficie cubierta de pequeñas motas doradas-
cualquier cosa, en realidad, que provenga del mar
también es portadora de mala fortuna.
Nosotras mirábamos desde el sofá
atentas a la ceremonia imposible: borrar
las huellas de la desgracia futura.
de Bucólico paisaje (inédito)
mirarse como en un espejo.
Laura tomó el lápiz para dibujarme.
¿Ves?, dijo la profesora y corrigió un trazo
acá la boca se pierde en una línea fina, desaparece.
Nunca había pensado en mi boca de esa manera
pero ahí estaba el hilo delgado de la forma
como la cuerda por donde un audaz equilibrista
podría medir la entereza de su oficio.
¿O era la voz? Un timbre apenas audible
porque es mejor, alguien alguna vez me dijo
confundirse entre la multitud, que quedar al descubierto.
No sabíamos que el aceite derramado traía
mala suerte. La idea había sido freír unas papas
cortarlas en rodajas y echarlas todas al mismo tiempo
en una sartén descolorida. Los caracoles-
agregó mi madre mientras raspaba el piso negro
la superficie cubierta de pequeñas motas doradas-
cualquier cosa, en realidad, que provenga del mar
también es portadora de mala fortuna.
Nosotras mirábamos desde el sofá
atentas a la ceremonia imposible: borrar
las huellas de la desgracia futura.
de Bucólico paisaje (inédito)
sábado, 21 de febrero de 2009
Poema
Herencia
Fue como si una mano levantara las hojas secas y otra
se encargara de revolver el aire
agitarlo, desparramar semillas, polvo
pájaros, billetes, insectos.
Ella tenía un pañuelo al cuello
y un pantalón años setenta
que ya no serviría después de esa tarde.
Se detuvo debajo de un toldo.
Fue como si una mano diera vuelta el presente
lo desparramara en piezas sueltas.
Mi madre perdió un embarazo como consecuencia
de la mala sangre. Nunca aclara a qué
se refiere cuando dice: perdí un embarazo
como consecuencia de la mala sangre
pero en mí, se ve
quedó el resabio de líquidos más pesados
y menos dulces que lo habitual.
Fue como si una mano levantara las hojas secas y otra
se encargara de revolver el aire
agitarlo, desparramar semillas, polvo
pájaros, billetes, insectos.
Ella tenía un pañuelo al cuello
y un pantalón años setenta
que ya no serviría después de esa tarde.
Se detuvo debajo de un toldo.
Fue como si una mano diera vuelta el presente
lo desparramara en piezas sueltas.
Mi madre perdió un embarazo como consecuencia
de la mala sangre. Nunca aclara a qué
se refiere cuando dice: perdí un embarazo
como consecuencia de la mala sangre
pero en mí, se ve
quedó el resabio de líquidos más pesados
y menos dulces que lo habitual.
domingo, 11 de enero de 2009
Dos poemas
Del libro en preparación.
Concierto
Cada vez que los músicos terminaban un movimiento
mi padre aplaudía como si se tratase del final de la obra.
Nuestras manos –las de mi padre y las mías
generaban un ruido seco, arrítmico
fuera de lugar.
Papá sonríe. Te falta personalidad, dice.
Nací en Lavalle y Pueyrredón a pocas cuadras
del negocio que papá compartía con uno de sus ocho hermanos.
Pleno barrio del Once.
No éramos propietarios, ni mi padre
ni mi madre, ni yo.
Para comprar se inclinaron por Barrio Norte
o Recoleta, según fuese quien preguntara.
En ese salto se elevaron mi madre y mi hermano.
Mi padre y yo quedamos suspendidos
a medio camino
sin entender exactamente qué era lo que abandonábamos
o de qué podía tratarse el porvenir.
Cartas
No se puede escapar a la conciencia de clase.
Laura y yo lo sabíamos. Por eso nos atrincherábamos
contra todas las demás. Éramos de alguna manera, iguales.
O casi iguales. O las menos diferentes entre sí.
Aunque vivíamos a pocas cuadras
una vez decidimos escribirnos cartas.
Había que mandarlas por correo.
La de Laura me llegó en un papel biblia
tres hojas escritas con tinta azul.
Al final explicaba por qué era la primera y la última
por qué no iba a resultar.
Al poco tiempo, como era de esperar
Laura se hizo de un nuevo grupo de amigas.
Concierto
Cada vez que los músicos terminaban un movimiento
mi padre aplaudía como si se tratase del final de la obra.
Nuestras manos –las de mi padre y las mías
generaban un ruido seco, arrítmico
fuera de lugar.
Papá sonríe. Te falta personalidad, dice.
Nací en Lavalle y Pueyrredón a pocas cuadras
del negocio que papá compartía con uno de sus ocho hermanos.
Pleno barrio del Once.
No éramos propietarios, ni mi padre
ni mi madre, ni yo.
Para comprar se inclinaron por Barrio Norte
o Recoleta, según fuese quien preguntara.
En ese salto se elevaron mi madre y mi hermano.
Mi padre y yo quedamos suspendidos
a medio camino
sin entender exactamente qué era lo que abandonábamos
o de qué podía tratarse el porvenir.
Cartas
No se puede escapar a la conciencia de clase.
Laura y yo lo sabíamos. Por eso nos atrincherábamos
contra todas las demás. Éramos de alguna manera, iguales.
O casi iguales. O las menos diferentes entre sí.
Aunque vivíamos a pocas cuadras
una vez decidimos escribirnos cartas.
Había que mandarlas por correo.
La de Laura me llegó en un papel biblia
tres hojas escritas con tinta azul.
Al final explicaba por qué era la primera y la última
por qué no iba a resultar.
Al poco tiempo, como era de esperar
Laura se hizo de un nuevo grupo de amigas.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Portugal
Saliste de casa como quien se va
a un país lejano. Portugal, podrías haber dicho.
Una pareja de turistas
camina hasta los acantilados.
¿Son pájaros o es la espuma que golpea
como al vies la piedra
allá abajo
donde adivinaban
el mar revuelto y oscuro?
Lo extraño era que ese rincón de Portugal
no parecía la Europa domesticada por el turismo
ni la agreste fotografía de playa
lo que veían
era otro paisaje;
salvo que lo negro de las rocas
se transformara por arte de magia
en arena
y el vacío en una superficie generosa
dispuesta a alivianar el peso de cualquier caída.
Portugal no suele ser un buen destino
para parejas. Por eso te saludé desde la puerta
Adiós amor mío, que te vaya bien
lo dije sin ironía ni sarcasmo. Desanudé
de un tirón mi bata
y me sumergí en la mórbida
cadencia de las sábanas.
a un país lejano. Portugal, podrías haber dicho.
Una pareja de turistas
camina hasta los acantilados.
¿Son pájaros o es la espuma que golpea
como al vies la piedra
allá abajo
donde adivinaban
el mar revuelto y oscuro?
Lo extraño era que ese rincón de Portugal
no parecía la Europa domesticada por el turismo
ni la agreste fotografía de playa
lo que veían
era otro paisaje;
salvo que lo negro de las rocas
se transformara por arte de magia
en arena
y el vacío en una superficie generosa
dispuesta a alivianar el peso de cualquier caída.
Portugal no suele ser un buen destino
para parejas. Por eso te saludé desde la puerta
Adiós amor mío, que te vaya bien
lo dije sin ironía ni sarcasmo. Desanudé
de un tirón mi bata
y me sumergí en la mórbida
cadencia de las sábanas.
domingo, 26 de octubre de 2008
Como en un cuento de Lorrie Moore

lees en el diario de ayer
que tu cantante preferido -digamos Tom Waits
estuvo en la ciudad.
Mirás las fotos del concierto al que no fuiste
y el mundo se te cae literalmente encima.
Tu marido te mira incrédulo
pregunta, ¿Tom Waits era tu cantante preferido?
En realidad no lo sabés
pero decís que sí, repetís que sí
como si en eso se te fuera la vida
mientras revolvés entre los discos
que eran tuyos, que eran de él y que hoy son una pila
anónima y confusa.
Te pasás el viernes buscando algo de Tom Waits;
encontrás Swordfishtrombones.
La palabra larguísima, impronunciable.
Ponés la primera canción
los instrumentos te golpean sin lógica alguna
sabés que no es lo que más te gusta de él
pero dejás que siga su curso
y defendés
a capa y espada cada uno de sus acordes.
El título del poema hace alusión, sobre todo, a un libro de Lorrie Moore (Nueva York 1956): Self Help (Autoayuda). Creo que todo el libro está construido alrededor de una segunda persona (vos-tú) a la que se aconseja parodiando un libro de Autoayuda.
domingo, 19 de octubre de 2008
Mi poema sentimental
Silvio Mattoni escribió unos increíbles Poemas sentimentales (Siesta) yo no pude evitarlo y hace un tiempo escribí el mío.
A Lucio
Acaricio el libro que traje a la cama.
Lo palpo como si fuese ciega
e intentara reconocer las letras
en el relieve mínimo de la tinta.
Mattoni habla de sus hijas.
Son versos dichosos
pero hoy me parecen terriblemente tristes.
¿Soy la madre mala de los cuentos?
¿O la mala lectora?
Dormís hace sólo un rato
y en lugar de celebrar mi merecida independencia
sopeso un libro ajeno: tapa, contratapa, precio
más presentes para mí que el poema
las hijas, el viaje en auto. Leo
versos sueltos pendiente de una respiración
apenas audible. Llamo por teléfono, miro tele
suspendo toda valoración sobre el libro
lo acomodo al lado de otros
que nunca terminaré de leer, tan similares
en tamaño a este, a vos
antes de pertenecer
como todos
al transcurso de las horas y de los días.
A Lucio
Acaricio el libro que traje a la cama.
Lo palpo como si fuese ciega
e intentara reconocer las letras
en el relieve mínimo de la tinta.
Mattoni habla de sus hijas.
Son versos dichosos
pero hoy me parecen terriblemente tristes.
¿Soy la madre mala de los cuentos?
¿O la mala lectora?
Dormís hace sólo un rato
y en lugar de celebrar mi merecida independencia
sopeso un libro ajeno: tapa, contratapa, precio
más presentes para mí que el poema
las hijas, el viaje en auto. Leo
versos sueltos pendiente de una respiración
apenas audible. Llamo por teléfono, miro tele
suspendo toda valoración sobre el libro
lo acomodo al lado de otros
que nunca terminaré de leer, tan similares
en tamaño a este, a vos
antes de pertenecer
como todos
al transcurso de las horas y de los días.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Dos poemas
INVIERNO 2002
Como en el momento del despegue
con la espalda presionando el respaldo
resisto la inercia del recuerdo.
Lucho contra la garra de un cóndor
que quiere llevarme de vuelta.
SIN TÍTULO
Lo que guardamos
celosamente en invierno
sale a la luz en primavera.
Hilachas, pelusas
polvo
que ahora vuela
dorado como polen.
Así nacen malos poemas
sobre el aire libre
la tibieza
y el devenir flor
de lo que cerrado
podría guardar algún secreto.
Como en el momento del despegue
con la espalda presionando el respaldo
resisto la inercia del recuerdo.
Lucho contra la garra de un cóndor
que quiere llevarme de vuelta.
SIN TÍTULO
Lo que guardamos
celosamente en invierno
sale a la luz en primavera.
Hilachas, pelusas
polvo
que ahora vuela
dorado como polen.
Así nacen malos poemas
sobre el aire libre
la tibieza
y el devenir flor
de lo que cerrado
podría guardar algún secreto.
jueves, 21 de agosto de 2008
Supimos hacer de la orilla una casa
a la altura de las circunstancias
pensamos: nada puede llevarnos de vuelta
estamos a salvo
y nos dimos a la tarea de construir una familia.
Nuestros hijos crecerían entre juncos
les lavaríamos el barro de las piernas
cuando atravesaran descalzos la laguna.
El frío, como un pájaro de mal agüero
habría quedado atrás, olvidado
en una bolsa de plástico negra
a los tumbos por la montaña.
Cuento los días que faltan para la primavera.
Pero algo me dice que no vendrán tiempos mejores.
Acuno, doy el pecho –mi parte más preciada
enseño a balbucear primeras palabras;
endurecida la mandíbula
los ojos fijos en una imagen que se yergue
detrás de mí, o sobre mí
o sobre todos
mi hijo se despereza.
a la altura de las circunstancias
pensamos: nada puede llevarnos de vuelta
estamos a salvo
y nos dimos a la tarea de construir una familia.
Nuestros hijos crecerían entre juncos
les lavaríamos el barro de las piernas
cuando atravesaran descalzos la laguna.
El frío, como un pájaro de mal agüero
habría quedado atrás, olvidado
en una bolsa de plástico negra
a los tumbos por la montaña.
Cuento los días que faltan para la primavera.
Pero algo me dice que no vendrán tiempos mejores.
Acuno, doy el pecho –mi parte más preciada
enseño a balbucear primeras palabras;
endurecida la mandíbula
los ojos fijos en una imagen que se yergue
detrás de mí, o sobre mí
o sobre todos
mi hijo se despereza.
domingo, 17 de agosto de 2008
Durante días estuve escribiendo en papeles diminutos
cosas terribles sobre vos
parecía una gitana esparciendo insultos
en boletos de colectivo, entradas de cine.
Era como aprender otra lengua
empezando por lo más vulgar
y atribuírtelo todo a vos.
Esas palabras me redimían
y después de cenar
te abrazaba debajo de las sábanas
como quien se aferra a un barco que se hunde.
cosas terribles sobre vos
parecía una gitana esparciendo insultos
en boletos de colectivo, entradas de cine.
Era como aprender otra lengua
empezando por lo más vulgar
y atribuírtelo todo a vos.
Esas palabras me redimían
y después de cenar
te abrazaba debajo de las sábanas
como quien se aferra a un barco que se hunde.
jueves, 14 de agosto de 2008
En la misma tónica del anterior: new poems
Un día, te prometo, voy a quedarme en casa
a coser todos tus botones.
Sacos, camisas, contaré los ojales
buscando en cada prenda la pieza que falte;
no voy a conformarme con que se adapte a las otras
deberá ser igual, idéntica en color y tamaño.
Un día, te prometo, voy a ordenar los placares
quiero poder responder algo cuando preguntes
dónde esta tal o cual cosa.
Y un día, también
haré los dobladillos que hoy improvisás
plegando la tela para adentro
en un simulacro que a veces falla
y deja entrever mis pocas cualidades de costurera
y tu casi nula capacidad para mentir.
Quizás le encuentre el gusto
a quedarme junto a la ventana
enhebrando la aguja
arriba y abajo, la mano con el hilo
concreto
ya no el imaginario
sino el que en la práctica existe
transparente sí
casi invisible
azul sobre azul, negro sobre negro
y ensimismada en mi labor
quizás renuncie a todo lo demás.
a coser todos tus botones.
Sacos, camisas, contaré los ojales
buscando en cada prenda la pieza que falte;
no voy a conformarme con que se adapte a las otras
deberá ser igual, idéntica en color y tamaño.
Un día, te prometo, voy a ordenar los placares
quiero poder responder algo cuando preguntes
dónde esta tal o cual cosa.
Y un día, también
haré los dobladillos que hoy improvisás
plegando la tela para adentro
en un simulacro que a veces falla
y deja entrever mis pocas cualidades de costurera
y tu casi nula capacidad para mentir.
Quizás le encuentre el gusto
a quedarme junto a la ventana
enhebrando la aguja
arriba y abajo, la mano con el hilo
concreto
ya no el imaginario
sino el que en la práctica existe
transparente sí
casi invisible
azul sobre azul, negro sobre negro
y ensimismada en mi labor
quizás renuncie a todo lo demás.
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