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sábado, 26 de febrero de 2011

Historias de Pestronio... la primera


¡El primer libro de la colección!
Son 4 en total y están en librerías a partir de marzo
con preciosas ilustraciones de Graciela Fernández.


miércoles, 24 de noviembre de 2010

Un día de suerte


Fui y vine dos veces. Primero solo con Mateo que se portó como un duque. Lucio ensayaba el acto de fin de año en el teatro -sí, nuevamente; pero este año está muy entusiasmado. Habíamos quedado con Selma Ancira -la traductora de los diarios y la correspondencia de Tolstói, invitada al homenaje en la BN - en encontrarnos a las 4 y cuarto, pero se le hizo tarde, así que fui volando a buscar a Lucio y después volví a la BN y ahí estaba Selma con todos estos regalos para mí. Hay regalos y regalos. Yo ya, por el título sabía que este relato de Tolstói, La tormenta de nieve, me iba a encantar. Esta es la versión de Selma, así que debe ser un lujo. Y la tapa. Esos copos de nieve que flotan cual planetas (qué lindos son los libros de Acantilado!). Selma me había traído también una novela que tradujo del griego y lo más lindo de lo lindo: algunos poemas de Tsvietaieva traducidos por ella -ella es su gran traductora y como me dijo por teléfono: "Marina T. forma parte de mi vida"- y musicalizados por Elena Frolova. Es una delicia, algo precioso.
Para la foto -ahora que los niños duermen, S salió y yo hago cosas de niños como sacarle fotos a mis objetos favoritos- los puse arriba del almohadón que compré hace un par de días. Como los gatos: mi almohadón.
Gracias Selma! Toda una eminencia en traducción y una mujer dulcísima y generosa.
Qué buen día.

jueves, 27 de mayo de 2010

4 colectivos, 2, subtes, 1 taxi y Kawabata

No suelo moverme demasiado. Estoy mucho en mi casa, de mi casa voy a la Casa de la Lectura -donde trabajo- en el 92 y de ahí de vuelta a casa. Casi no voy al microcentro. A la mañana, en general, me quedo, o si salgo paseo con el cochecito, cocino, cosas así. Por ejemplo, desde ayer el libro de Williams está apoyado sobre un estante en la cocina. Y me doy cuenta, en días como el de hoy que, como la tortuga, cada vez estoy más metida para adentro.
Hoy fue un día inusual: tuve que ir dos veces a Constitución -a la mañana y a la tarde-, una al Hospital Rawson, otra por trabajo -pero, ¡viva! pude ver la maqueta de uno de los libros infantiles que se van a publicar este año- en el medio fui a buscar a L al jardín, tuve otra reunión en Palermo y pasé por Clarín. Pero, estar en viajes tiene su parte buena y hoy, por ejemplo, leí casi entero -pienso terminarlo en un rato- País de nieve, de Kawabata. Hacía meses y meses que casi no leía. Ni hablar de una novela. Esta es preciosa. Hoy antes de salir de casa, la saqué de la biblioteca. Qué bueno es eso, cuando acertás con el libro que te llevás para atravesar con cierta felicidad un periplo como el que tenía hoy yo. Porque estuve a punto de agarrar el de Alice Munro, por ejemplo, que me dicen es genial, o el de Clarice Lispector que leo lentamente. Seguramente buenas elecciones, pero no como esta: súper, la mejor, la que tenía que ser.
A ver: los diálogos, la manera en la que el autor hace atravesar lo más terrenal, por así decirlo, en medio de un paisaje sublime, donde todo es un juego de luces y sombras, un paisaje nevado que se deja atravesar por el paso lento de un tren -como si toda la novela fuese vista por el protagonista desde la ventanilla del tren, sobreimpresa en eso de atemporal que tienen las montañas, ese tiempo no humano o diríamos ese no-tiempo- y de repente, corta una escena con la protagonista moviendo su kimono para ahuyentar mosquitos. Digo, hay una maestría en no dejar que la escena se suelte demasiado, en traerla de nuevo a lo más vital, lo de todos los días, que es sorprendente.
Todavía tengo que terminarla, pero algo me dice que no tendré mucho tiempo durante el fin de semana como para sentarme a escribir, así que no quería dejar pasar mi alegría de hoy -por haber leído, por haber acertado en el libro.

viernes, 2 de abril de 2010

Antartida de Claire Keegan

Ayer, esperé a que todo el mundo infantil que me rodea llegara a buen puerto, llené la bañera de agua caliente y me metí en el agua con un libro de Claire Keegan. Me habían recomendado, especialmente, el primer cuento. Algo en relación a mi vida doméstica, creí entender cuando me dijeron que tenía que leerlo. Así que comencé por Antartida, aunque el género cuento no es de mis preferidos. Empecé a leerlo recordando a la propia Keagan recorriendo Villa Ocampo en una reunión hace casi dos años. Me pareció interesante. Oscura, rara. Irlandesa. Interesante. El cuento es genial. Buenísimo. La traducción también. Pero el final me resultó casi diría intolerable. Intolerable en todo el sentido del término. ¿Por qué hace la autora que le suceda eso a su protagonista? ¿Por qué termina presa de un esperable castigo -consecuencia de la culpa cristiana, de los arcaicos preceptos de la infancia? Como el cuento es buenísimo y mi lectura, por lo menos, pobre me quedo pensando: ¿qué tipo de lectora soy? ¿cómo puede ser que desde hace un tiempo haya tramas que no tolere, simplemente, por juzgarlas crueles? ¿Por qué esa empatía con ciertos personajes -¿habrá sido eso lo que intuyó quien me hizo leer el cuento?- que hace que los sienta tan vivos, tan propios que, luego deshacerme de ellos para mirar en perspectiva me resulte posible pero doloroso? En fin. Soy la mala lectora.

martes, 2 de marzo de 2010

Silvio Mattoni

Ayer, en la Casa de la Lectura, Irene Gruss nos preguntaba: ¿qué lecturas te conmueven, a cuáles volvés? E insistía: ¿pero qué poema de Pavese? ¿qué autor del siglo de oro? La pregunta es tan puntual como la fibra que ese poema, esa palabra debería mover. Yo dije Pavese y Anne Sexton. Debería haber dicho: Lavorare Stanca, de Pavese, "The Fortress", de Anne Sexton. Por ahí da miedo que a lo largo de años, uno tenga en la cabeza sólo un par de palabras, el eco de algunos versos, no más.
Le sumo otro libro: Poemas sentimentales de Silvio Mattoni. Y aquí va un poema, no de ese libro, pero de otro de Mattoni, que continúa en la línea de los sentimentales. Ahora que lo pienso, y que lo transcribo, me saco el sombrero, porque no cualquiera escribe algo tan bello sobre lo terrible de la enfermedad de un hijo.


Heroísmo


Leí que el heroísmo es una opción
sólo para quien lucha en desventaja.
¿Será por eso que en algún momento
decisivo, quisiéramos mirar
hacia atrás, hacía la altura de una muralla
de donde nos rogaron no salir?
Sabemos que no hay nadie, y además
¿como ver el peligro que se arroja
enfrente de nosotros? Aquel día,
con pocas horas de sueño en la mañana infame
de la clínica pulcra, había pasado
una semana de crueldades infundadas
sobre tu cuerpo de dos meses, iban
a hacerte una pequeña operación
con anestesia e impunemente usaban
la lengua griega; una biopsia hepática.
Aterrado, impertérrito, yo había
mantenido mi apático optimismo:
las desgracias son raras y a mí
no me hacen falta. Bastantes temas
hay ya en haber nacido, en los niños,
la vejez y la muerte. Pero caminé
repitiendo canciones que el azar
ponía en mi cabeza, y en la barra
del café hospitalario, justo antes
de que entraras, Galileo, dormido
al quirófano, sentí que me llegaba
el llanto. "¡Andrómaca! -me dije-
no me dejés salir a la llanura."
Y pensé en Baudelaire, el pusilánime,
que nunca tuvo hijos. Aunque enseguida
corrí a esperarte y enfrenté la tortura
porque si había un héroe en este mundo
ése eras vos, en plena desventaja,
sin palabras, luchando con bracitos
minúsculos contra la invasión médica.
Ahora creciste, ganaste peso, sonreís
a cada rato. Cada mañana pido a
al vacío que combina esto que haya
una pequeña Troya de cien años
para que vivas hasta ser un viejito
sabio y desmemoriado. No escuchemos
el murmullo lejano de los griegos.
No existen, y sí, nosotros nos movemos.

Silvio Mattoni. de Héroes, colección GAMA, Ediciones CILC
para darle fuerza a Joaquín.

domingo, 9 de agosto de 2009

¿Acción vs metaficción?

Siempre le huí a esas discusiones de tipo literatura académica vs. mercado; narrativa de acción vs. metaficción, cuestiones que se debaten –y por las cuales algunos se sacan los ojos- en algunos congresos y suplementos. Recuerdo una vez que Saccomano se agarró con Kohan, creo que en el 2001 en Trelew por algo de este estilo. Kohan defendía la universidad (después de todo, ahí estábamos) y Saccomano, invitado a la mesa de escritores (por la universidad), la despreciaba como ámbito de formación de un escritor. Después de todo, de dónde saca un escritor sus tema es algo que importa poco.
En fin. Debates estériles. (Divertidos por el conventillo pero estériles), pero aquí estoy planteándome uno de esta especie. Termino de leer American Pastoral –la tiene, ahora, S y está igual de entusiasmado que yo- y empiezo y termino -en pocos días y noches de insomnio- La ciudad ausente de Ricardo Piglia. Soy de las que aman a Chejfec, por ejemplo. Y si bien no recuerdo con lujo de detalles El aire o Los incompletos, sí recuerdo que me encantaron. Me gusta que la acción se complete lentamente. Me gusta preguntarme qué pasa y responderme: no pasa nada. Me gustan Nabokov y su metaficción también, Pálido fuego me parece genial, por ejemplo. Pero, la verdad, avancé en la de Piglia a ciegas. Y, de última, quizás la trama se pueda recuperar –o algo de ella, al menos-en una segunda, tercera, cuarta lectura; pero el tema, la verdad, es que no me gustó la prosa, la manera de narrar, la novela en su conjunto; o el "texto" si alguno prefiere no llamarla novela. Todo está demasiado armadito. Borges, Macedonio están ahí pero a modo de impostura, de pose. El artificio está tan presente en la trama que se cuela en el estilo. Escribo esto y me doy cuenta de que ésa es una de las operaciones de la novela. Me doy cuenta de que la novela sirve para estudiarla, analizarla –sí académicamente- pero, al menos en mi caso, no para disfrutarla. Probablemente el valor de La ciudad ausente resida en su operación crítica. Yo, hoy, prefiero otra literatura. Devastada, si se quiere, al igual que la de la Ciudad Ausente. Pero ¿no está todo bastante devastado hoy por hoy? El ensayo ficción lo hizo Borges demasiado bien. Ese es el tema. Lo hacía también Macedonio. Pero tengo que admitir: nunca pude terminar Museo de la novela de la eterna. Y quizás sea cierto eso de que nuestra literatura de los últimos años se mira demasiado a sí misma. Aira sería para mí un ejemplo de esto bien hecho. Dicen que Piglia es uno de nuestros mejores narradores. Lo escuché en un par de seminarios en la facu y es buenísimo. Buen orador, buen pensador. Genial. Pero a las dos de la mañana, en pleno insomnio, quiero que me cuenten una historia que, al menos, pueda visualizar.

domingo, 19 de julio de 2009

Paraísos perdidos


Acabo de terminar Pastoral Americana, de Phillip Roth; American Pastoral, la versión original que, en inglés se lee muy bien. Me refiero a que vale la pena el esfuerzo, de leerla en inglés. Leí la última página ayer a las 2 y media de la mañana. No podía parar. Sé que no descubrí la pólvora, Roth, dicen, es el mejor novelista americano vivo. Pero para mí, es todo un descubrimiento. Es una lección de narrativa. El relato enmarcado, tan típico de la literatura en lengua inglesa funciona a la perfección. Toda la novela es un mecanismo infalible como esa bomba que planta Merry en el negocio del pueblo; pero a la vez la construcción de los personajes es conmovedora. Swede Levov, es un personaje del calibre de Heathcliff, Roth lo trabaja incansablemente, vuelve sobre sus pensamientos una y otra vez. No lo deja en paz. La narración avanza en trancos largos que luego vuelven sobre sus pasos, es como un insistir obsesivamente sobre lo mismo –Estados Unidos, Swede Levov, Estados Unidos, Merry (su hija), Estados Unidos, Dawn (su mujer)- y a fuerza de retroceder la tragedia va cobrando densidad. Roth se detiene en lo mínimo a la vez que busca lo macro: Estados Unidos, su caída. Como en el Génesis.
Históricamente la novela sigue el desarrollo de un personaje. Su iniciación, su caída, su redención; lo que sea. Es el héroe o el antihéroe, pero es su individualidad la que, en relación al contexto histórico, se perfila. Esto antes del modernismo. Ahora, la vuelta de tuerca que le encuentra Roth a la novela –y a este dispositivo de personaje/narración/contexto histórico que tantos dicen está agotada- es genial. Cómo se desmenuza el personaje desde la primera página y luego a través de Jerry, su hermano. Y, uno, el lector, vuelve a esas primeras páginas para saber qué es lo que finalmente pasó. Esa elipsis entre el final y el principio es genial. ¿Qué pasó finalmente con Merry? Ahí está todo, en el vacío que el lector completa con la información que va del final al principio. Porque el hombre que llora en el auto detenido frente a su hermano ya no es el mismo en la página 350. A él queremos volver. O al menos, yo. En fin, la admiración a veces te deja sin palabras.
Hacía mil años que no escribía nada en el blog. (Sé que el verbo es postear pero no me gusta, qué le voy a hacer, sí soy decimonónica). Y entre más novelas leo –cada embarazo me regala esto: me agarra la locura de leer sin parar- más admiro la cabeza del novelista. En este tiempo en el que no subí nada, leí mucho. Varias novelas por trabajo y otras por puro placer como Revolutionary Road o el libro de cuentos de Fabio Morábito. Extrañaba esa máquina de leer en la que uno puede transformarse cuando apaga definitivamente la tele (en mi caso es a la fuerza: Lucio quiere ver videos y la tele sólo permite enchufar una serie de cables a la vez, así que para sacar el DVD y volver a poner “tele” es todo un trámite engorroso) y no tiene compromisos al día siguiente. Más que escribir –aunque sea por trabajo, aunque sea sobre cuestiones alejadas a la literatura- que es un compromiso que uno asume con mayor felicidad que tener que trasladarse a desempeñar otra tarea, administrativa, por ejemplo. Mateo –que nacerá a fines de septiembre- llega con la felicidad de estas lecturas.

jueves, 7 de mayo de 2009

Fragmentos de un diario en los Alpes

Ya no soy objetiva cuando se trata de Aira. Lo admito y tendré que vivir con esa limitación de mi conciencia crítica. Hoy, sin ir más lejos, iba en el 92 leyendo Fragmentos de un diario en los Alpes, (no me pregunten si es bueno, malo o más o menos, ya lo dije: no lo sé, sólo sé que me hace feliz abrirlo y empezar a escuchar el tono Aira, que cuando lo compré solo pensaba: quiero leer una novelita de Aira y que a medida que avanzo en la lectura pienso: que se demore un poco más, no quiero terminarlo todavía), cuando me asaltó la urgencia de llegar a casa y reunir uno a uno todos los libros de Aira que tengo. Quizás para cualquier biblioteca organizada esto suene a una obviedad -¿cómo tener los libros de un mismo autor dispersos?- pero para mí es toda una tarea y una alegría. Al instante ese pensamiento fue opacado por otro. Pensé: en unos años alguien se encargará de recopilar toda la obra de Aira. ¿Será posible habiendo publicado en tantas editoriales diferentes? Debería ser un esfuerzo increíble, casas editoriales acostumbradas a competir por lanzamientos y novedades unidas en virtud de un objetivo mayor….. Se me dirá que la dispersión es la condición de la obra de Aira. Si, ya lo sé, pero... ¿ven?, esto es lo que me pasa con él: me dejo llevar. Ya estaría llegando a Guardiavieja cuando pude imaginar en detalle el volumen de sus obras completas. Me vi pasando de relato en relato, inmersa en el gozo de esas novelitas, aquí La costurera y el viento, aquí El tilo, aquí La liebre o Ema la cautiva….se me hizo agua la boca. Ahí fue cuando me di cuenta de que estaba perdiendo el foco. Porque, por ejemplo, apenas imaginé las obras completas de Aira, yo -que soy la anti lectora de obras completas, que odio esos libros inmensos donde parecen borrarse las marcas del tiempo que afean o embellecen los otros, los pequeños libritos que uno acumula año a año- ya no pensé en la descripción de esa casa en los Alpes en la que estaba sumido el narrador Aira sino que fui al final del libro de Beatriz Viterbo y me regocijé frente a la lista de “títulos del autor” que todavía no leí. Consideré que, en todo caso, lo importante iba a ser tener la mayor cantidad de “libritos” posibles como para poder hacerle frente a esas Obras completas. En fin. Será que nos une la dispersión, la multiplicación errática. Hoy, a cuatro días de haber escrito las primeras veinte líneas de esta entrada, el libro descansa, inconcluso en mi cartera. Yo sigo pensando en tal o cual frase particularmente brillante –la descripción de unos osos en un almanaque, por ejemplo- y me prometo transcribirla en la próxima entrada. Aunque no podría asgurar que, de verdad, vaya a hacerlo.

Nota: Se acaba de editar una traducción nueva –o revisada- de Las alas de la paloma. Se los recomiendo. Por favor. Alternen la lectura de Aira con la de James.

jueves, 30 de abril de 2009

jueves, 19 de febrero de 2009

Perdida en Uruguay

Dejen todo en mis manos, Mario Levrero. Mondadori
Fue uno de los libros que me llevé a Punta Rubia. Tenía mucha expectativa con ML. La novela luminosa, dicen, es lo mejor, pero ésta, más finita me pareció accesible para un primer acercamiento. Quizás me equivoqué. Se lee en dos días, o solo en uno si no se tiene demsiadas cosas para hacer. La leí en una playa desierta. No era el Caribe, no era África, era, casualmente, Uruguay Como había tan poca gente a mi alrededor y como casi se puede decir que durante todo el verano interactué solo con S y el pequeño L tuve la sensación, mientras la leía, de estar en cualquier parte del mundo. S hacía las compras –había que caminar 2 km. por la playa y estar dispuesto a venir todo cargado- así que ni siquiera llegué a registrar en qué moneda se hacían las transacciones o cuál era la condición del cambio.. Cuando conocí La Pedrera, el pueblo cercano, me pareció que bien podía ser cualquier pueblo sudamericano. Esta impresión le debe mucho a la novela de Levrero, a esos pueblos que describe el autor, Penurias y los demás. Y esas divagación o chiste que pareciera ser su incansable búsqueda de Juan Pérez o Juan López, ya no recuerdo y, obviamente, poco importa el nombre de este personaje. Esto es más o menos, lo único que puedo decir sobre la novela. Y que me pareció machista, pero probablemente sea parte de la construcción del personaje principal políticamente poco correcto, lo cual está bien. Quizás no haya sido la elección más acertada de mi parte. Lo peor es que a continuación agarré Las Cosas, que en el mientras tanto leía Las alas de la paloma y que la novela de ML se perdió a la sombra de otros tiempos en los que se podía seguir a través de muuuuchas páginas la interioridad de un personaje. Este tipo de novela esta casi muerta. Parece que ahora, la única manera de escribir es deconstruyendo –uy qué palabra pasada de moda, pero no se me ocurre otra- la narración. Prometo intentar con otra de ML -probablemente a trilogía, que me han recomedado mucho- a ver qué pasa. (O si es que pasa algo, o que ese “no pasar nada” al menos me deja algo en la memoria.)

viernes, 6 de febrero de 2009

Perec (y -no puedo evitarlo- algo de James)

Cuando mi amiga L me lo prestó me dijo: "con mi novio decimos que somos Jerome y Sylvie". Entendí que de esa manera acentuaba el carácter de préstamo del libro, pero también que me lo daba habiéndose ya ella apropiado de cierta identificación con sus personajes. Esto, sumado al hecho de que la edición de Anagrama no se consigue, hicieron del libro algo precioso y sumamente provisorio a la hora de ponerlo en la valija y trasladarlo rumbo a Punta Rubia. Sólo lo tendría unas pocas semanas, y durante ese lapso -y solo ése- podría adentrarme en esos personajes, pero de segunda mano, porque L ya "era" Sylvie. Ya alguien más me había dicho que me iba a encantar y se había encargado de llamar a todas las librerías conocidas para comprarlo. Pero no está, no se consigue.
Y sí: me encantó. Llego tarde probablemente a cualquier discusión de época,o a cualquier discusión en torno a Perec y eso probablemente me convierte en una lectora a destiempo y en tal sentido más desprejuiciada -si esto, acaso es posible más allá de una mera "sensación" propia.
No puedo evitar vincular la novela con The beast in the jungle, de H James. En ambas los personajes se mueven en un limbo, son, se podría decir, tipos, criaturas envueltas en cierta irrealidad, sólo que en el caso de Las cosas es imposible no tomar la posta de mi amiga L y sentir en carne propia la identificación con los personajes. Ese ideal hacia el cual se dirigen.... porque nada hacen por concretarlo; cierto desgano en relación a lo que no podrá ser y cierto dejarse llevar por el devenir cotidiano construyen una atmósfera de lo irrealizable, de expectativas inalcanzables ya desde la primera página. ¿No es también lo que le sucede al protagonista de la novela de James vuelto sobre sí mismo a la espera de vivir ese cataclismo, ese amor -o algún tipo de experiencia de una turbulencia gigantesca- que finalmente nunca llegará tal y como el la imagina?
La manera en la que Perec construye la realidad a partir de interminables listados de objetos y como esa realidad -cimentada en la acumulación o en la obtención de eso que se desea- va cambiando según sea el cristal de los ojos con los que se mire es conmovedora. No se me ocurre otra palabra. Ambas novelas son tan nostálgicas como yo. Un placer leer un texto de ideas. Donde se juega algo del escritor -algo más que desvíos narrativos, incoherencias, frases ingeniosas y oficio-, algo del lector, algo del mundo.
Disculpen errores de tipeo, salgo corriendo. Empezó, parece, el año.

lunes, 2 de febrero de 2009

Ganador absoluto verano 2009


Libro emblemático de los sesenta.
Me llegó ahora, más de diez años de su publicación en español. (había escrito 20, pero corrijo, se publicó en el 97)
Sublime.
Mañana viene el comentario.

domingo, 11 de enero de 2009

Yo amo a Henry James

Sí, estamos de vacaciones.
Y el primer síntoma que me hizo saber que me estaba desenchufando fue leer con placer. Sumergirme en la trama. No trasladar la lectura a mis propios proyectos de escritura. No leer con envidia -sí, a veces me pasa: me sincero al menos. Sentarme en el sillón del living con aire acondicionado y leer. O irme al bar de la esquina de casa sin culpa por dejarlo todo -al menos esa es la ilusión- y leer.
En Diciembre leí El molino de Mariana Docampo. Una amiga y buenísima narradora y poeta. Lo leí en tres días. Después: 76 de Bruzzone. Me encantó. Y los poemas de William Carlos Williams. La primera etapa, un tomo gruesísimo que me trajo S de San Pablo.
Ahora, la frutilla de la torta porque no hay con qué darle. Parece Dios o Maradona o Proust. Todo empieza y termina con él: James. Es lo mejor que leí, creo, en años: The Beast in the Jungle. Es cierto que soy de entusiasmos fuertes. (Ves la vida de manera demasiado dramática, me dijeron por enésima vez, hace poco). Pero en este caso, leer las primeras páginas es como una celebración de la lengua. Algo escribiré más adelante. Hoy en la cocina, charlábamos con S y le decía: es como si a James no le costara todo ese rodeo narrativo, como si el tipo se hubiese sentado en su escritorio y con una facilidad infinita hubiese empezado a contar la historia de los dos protagonistas. Digo: lo opuesto a querer "narrar" de manera original, o a la francesa (Saer, que me encanta, pero sí Saer o Pauls)... es decir: esa manera de narrar abarcando pasado, presente y futuro de las primeras páginas del cuento parecieran nacerle naturalmente al idioma. Ahí está: no se lo fuerza, emana, como si el inglés siempre hubiese sido usado de esa manera. Por otro lado -o en simultáneo- la trama existe, está y es igual de imporrtante. Y los personajes.
Bueno, me llevo a la playa: The Wings of the Dove (James), Las Cosas (Perec) -gracias a mi amiga Lu- y una de Mario Levrero que no es la luminosa pero a la que le tengo fe. Todavía me falta ir a Norte y elegir un par de libros de poesía.

Una pregunta final: todos los escritores/lectores/personajes de la cultura que dicen que van a leer la biografía de O.Lamborghini.... ¿pagaron los 220 pesos o se las mandó la editorial? ¿¿¿¿¿No es un poco mucho?????Una prueba más del snobismo reinante.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Amsterdam

¿Cuándo se escucha la voz del otro (el otro amado), en el teléfono, desde la cocina, en medio del ruido de la calle, o desde cerca, cerquísimo, acá nomás, desde dónde habla? ¿Cómo llega esa voz? ¿qué la atraviesa? ¿qué ve del otro esa voz? Es un poco la pregunta de Barthes en Fragmentos... pero a la mexicana y con una dosis de nostalgia llena del smog y los ruidos del DF. Amsterdam puede ser el país al que nunca se llega o la cabina telefónica del otro lado de la calle. Junto a Budapest, de Chico Buarque -otro de los libros que leí recientemente- éste es altamente recomendable.

sábado, 16 de agosto de 2008

La mejor

Hebe Uhart: soy tu fan

martes, 12 de agosto de 2008

El Tilo

Aira: soy tu fan.

martes, 29 de enero de 2008

"Ask her if she still keeps all her kings in the back row"

Estoy releyendo The Catcher in the Rye (Salinger). Lo leí en el colegio, no recuerdo en qué año, pero poco a poco me vienen a la memoria nombres y sensaciones que tuve al leerlo en plena adolescencia. Por ejemplo el nombre de Jane Gallagher.
Holden, el protagonista, a quien acaban de expulsar del colegio está charlado con su compañero de cuarto, un chico buenmozo, canchero que se arregla para una cita. Cuando Holden le pregunta con quién sale, Stradlater le dice que con Jane Gallagher. Holden no lo puede creer y le cuenta que ella fue su vecina durante un verano y que solían jugar juntos al ajedrez. Recuerda en voz alta que ella siempre dejaba los reyes en la última fila sólo por el gusto de verlos ahí.. Y cuando Stradlater está por salir le dice: Pregúntale si sigue dejando sus reyes en la última fila. Lo que me gusta de esa frase, ahora que la transcribo en castellano es justamente lo que en la traducción se pierde: "all her kings at te back" ese posesivo "her", como si, en realidad estuviera preguntando no tanto por el ajedrez en sí mismo sino por una manera de tratar a los reyes, a los hombres... de dejarlos esperando atrás, cada uno en su casillero. Me pareció una frase increíble. Es así con los clásicos: lo que impacta, lo que hace que uno detenga la lectura y diga: Éste es un grande, son estos pequeños respiros de la prosa, estos pequeños giros que uno encuentra aquí y allá como al descuido.

domingo, 27 de enero de 2008

And the winner is...


A casi 31 de enero y con la extraña sensación de que el verano debería estar llegando a su fin cuando, en realidad, recién empieza, anoto algunas impresiones sobre lo que fueron mis lecturas de verano.

Empecé con El desperdicio, creo que en Navidad. Me sigue pareciendo que, de todas las novelas que leí últimamente, es la que plantea la prosa que a mí má me interesa. Cuidada, ligermante poética, tiene un trabajo que me recuerda a Flaubert. Quizás -a pesar mío que intento escribir acciones y no lo logro- lo que me gusta es que se detiene en el interior de los personajes, que es una novela reflexiva y que entreteje esas detenciones en esa elaboración de un idioma que hace que uno pueda distinguir un estilo particular. A pesar de que al final la novela se desdibuja me gustó muchísimo y espero leer en breve El dock que me dicen, es mejor.

Seguí con Ciencias Morales. La devoré. Ahora, a la distancia y después de haber encontrado demasiadas reseñas en todos los suplementos culturales -deudoras del Premio Herralde- encuentro lo más interesante en la construcción del narrador. Ese es es el hallazgo de Kohan y ahí la celebro. Lo que no celebro tanto es la construcción de un sistema binario según el cual A (el colegio) vendría a reflejar o a ser B (el país) y los personajes a encarmar roles tan estereotipados. Hay escenas muy pero muy bien logradas, mérito de un narrador impecable. Las pocas pinceladas con las que se retrata a la madre o al hermano, las primeras escenas de María Teresa en el baño. El crescendo en violencia y obediencia de la novela construyen una trama que atrapa. Pero, insisto, me hubiese gustado alguna linea que hiciera fugar al novela hacia otros lugares. Un resto o un exceso que no la cerrara tanto.

Luego, entre la pileta y la siesta de San Javier leí La muerte lenta de Luciana B, regalo de Navidad que recibió Santiago. Guillermo Martínez es un escritor que me cae cada vez mejor. No sé por qué, ya que no lo conozco personlamente salvo por algunas preguntas para un nota que en su momento me respondió, pero me gusta el bajo perfil, el oficio, la cosa poco académica. Sin embargo, la novela se queda corta. La leí rapidísimo atrapada por la trama -y en ese sentido cumple- pero me faltó lo que evidentemente busco como lectora que es el trabajo con el lenguaje. La novela está escrita con un castellano ¿español? neutro -cercano al de la traducción- y salvo alguna referencia a cartoneros -lugar común en el que están cayendo muchos escritores últimamente- no hay nada que ancle la novela a algún espacio particular.

Y por último, El trabajo, de Aníbal Jarkowski. El título ya me predispuso bien. Me interesa el tema y por eso la compré, básicamente. Decisión escolar, si se quiere, pero quería ver qué pasaba enel texto con el mundo del trabajo. Y así la leí. Se puede hacer el foco en varios ejes: la relación sexo y trabajo, arte y realidad, la tolerancia al hiperrealismo, el cuerpo como objeto a descifrar... en fin. Me encantó. Me gustó como estaba escrita, el mundo que retrata, la construcción de los personajes y la trama que obliga a seguir leyendo. El mundo de "las chicas" en las grandes corporaciones y "las chicas" como mujeres que tienen que prostituirse... sobre todo me gustó el retrato del universo del trabajo como una comunidad de mujeres. La división de género en relación al empleo. Sí: si tuviera que hacer una lectura de la novela -algo más reflexiva que estas meras anotaciones- ahondaría en la manera en la que el trabjo se divide según sea hombre o mujer quien lo ejerce y lo busca. El trabajo como un espacio de deseo y a la vez un espacio repudiado. "Tener trabajo" como la justificación de las propias acciones y de la propia vida. Y, lamentablemente, la imposibilidad de salirse de ahí de la protagonista -ya sea en la oficina, en el burlesque... salvo, quizás, en el espacio mítico de la tiendita del padre. Sórdida. Pero excelente.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Sigamos enamoradas: una planta y sus frutos


Palabras de Mercedes -Dedé- Araujo en la presentación del libro Dinamarca de Elba Serafini.

Antes de venir para acá y pensando en que hoy quería decir algo sobre la edición del libro de poemas de Elba Serafini, repasé algunas ideas que nos motivaron a Romana, a Marinita y a mi a crear la editorial, hace ya casi dos años, en febrero del 2006.
Entonces, decíamos que tres cosas: que queríamos dar a los libros y a sus autores un cuidado amoroso, que la tarea de editor no nos resultaba una vocación en si misma, sino como una ruta de salida, un puente que nos llevaba desde nuestra soledad de escritoras, hacia un espacio compartido, es decir, la edición como una forma de no estar solas y por que queríamos convertir en libros los textos que nos gustan y amamos.
Hoy, los tres siguen siendo los elementos que dan fuerza a la editorial, pero hay diferencias porque entonces, esos principios se nos aparecían como intuiciones, como cuando uno es chico y sin pedir explicaciones o tomar clases de jardinería, sabe que las plantas se deben enterrar y que crecerán si uno las riega y tienen sol. Lo que no se sabe ni racional ni instintivamente es como va a crecer esa planta, si va a ser una flor pequeña o si hará implosión en ella una fuerza que la convierta en enredadera o en árbol que da frutos. Eso solo se puede saber contemplando la planta y acompañándola en su crecimiento.
Creo que Sigamos Enamoradas no es una árbol todavía, pero lo que si sabemos es que es una planta extraña, algo exótica, increíblemente vital, llena de flores, rebosante de polen.
El lugar de encuentro no fue solo nuestro sino compartido con amigos, los textos efectivamente se hicieron libros y el cuidado amoroso de la literatura terminó por ser algo concreto, la mejor forma de amar la literatura es escribirla y leerla, y si se resuelve ir más allá, todavía, editarla también.
En definitiva, editar es contribuir a la belleza del mundo, por que en la poesía no hay moraleja, la única función social que tiene la poesía es poner un objeto bello en el mundo y punto. La poesía no tiene moral, tiene ética, dijo Watanabe.
Sigamos enamoradas se complace en presentar el bello objeto, inmoral y ético, que es Dinamarca. Gracias.

jueves, 9 de agosto de 2007

Sabía que me iba a gustar

Mucho más lindo que ir y comprarse un libro es que te lo traigan de regalo desde países lejanos, que el libro haya atravesado primero el océano, después la larga cola de la aduana en Ezeiza, la ansiedad de la espera, los abrazos en el aeropuerto (siempre tan cinematográficos) y el momento en el que el amigo con amoroso cuidado saca de su valija i picolli pensieri. Estos libros llegan desde Trapani con todo el sol y la sal del agua del Mediterráneo. Son:

Ed é subito sera, la poesía de Quasimodo
1071-1983 Opere, di Leonardo Sciascia
Il meglio dei racconti di Pirandello

Leo rápidamente unos versos de Quasimodo a quien no conocía del todo; estoy contenta, sabía que me iba a gustar. Gracias Peppe!