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jueves, 3 de octubre de 2013

La hija de la cabra

El año pasado Bajo la luna publicó una novela excepcional. Una joya de esas que, de verdad, no abundan. La novela, La hija de la cabra, la escribió una querida amiga y excelente poeta: Mercedes Araujo. Hace mucho tiempo que espero que se publique la reseña que escribí. Casi un año diría. En ese tiempo la novela salió de la mesa de novedades, otros libros vinieron a ocupar su lugar y, mi lectura que tal vez podría haber colaborado apenas un poco para que la novela se venda -¡sí de eso viven los escritores y los editores, de las ventas!- quedó a medio camino: escrita pero no publicada.  Ya saben, soy supersticiosa y creo que tal vez el hecho de finalmente publicar la reseña acá como si no tuviera ya ninguna esperanza de que el suplemento la saque, quizás haga el milagro y mañana al abrir la revista encuentre la crítica que con tanto cariño y admiración escribí. Si eso ocurre, prometo borrar del blog esta entrada. Si no ocurre, supongo que se entenderá que esperé lo suficiente. Aquí va, entonces, a la salud de la Juana, mi reseña de una de las mejores novelas de la literatura argentina que leí en los últimos tiempos. 




A veces pasa: nos encontramos frente a una novela que combina un trabajo de orfebrería con el lenguaje a la vez que plantea una trama que atrapa, que no se puede dejar de leer. En algunos casos excepcionales sucede algo más: se trata de relatos en los que el lenguaje parece fundarse a cada paso, inventarse gozosamente, novelas que el lector disfruta, hipnotizado por el descubrimiento de un tono, de una voz. Es el caso de La hija de la cabra, la primera novela de la poeta Mercedes Araujo ganadora en 2011 del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes.
El relato se centra en la historia de amor de “la Juana” –una india huarpe mendocina, hija del cacique Cunampas– y un blanco durante la época del Virreinato. Pero también es la historia de la familia de Juana, de los hombres y mujeres de la comunidad, del hambre, de la sequía, de la ambición de quienes explotan la tierra;  una verdadera épica del páramo. Y, si bien se trata de un  paisaje cercano a la experiencia de la autora –Araujo es mendocina– el tema del desierto es arriesgado. Invita a leer la novela nada menos que dentro del corpus fundacional de nuestra literatura: José Hernández pero también Martínez Estrada y Di Benedetto. Sólo que aquí es la mirada de una mujer la que resignifica ese espacio simbólico. No sólo la de Juana, también la de su gran amiga Rosalía y sobre todo la de su madre, La Cabra –esa mujer que enloquece y se aparta, ¿o la apartan?, para morir sola. Esa figura de la mujer que se vuelve loca, que hay que encerrar –en un ático o en el monte como es el caso de La Cabra–  ha sido emblemática para la crítica feminista que estudió las representaciones de la mujer en la literatura del siglo XIX. Y es muy interesante que Araujo la rescate. Por eso, la gran autora que aparece aquí, la tradición en la que se escribe esta novela es la de Sara Gallardo y su Eisejuaz.
Araujo construye un lenguaje en el que cuerpo y paisaje se funden y fundan a su vez una manera de hablar, de decir –“El silencio y la cerrazón han encaminado a Juana a un cerro. Cuerpea. Escala buscando un animal. En la cima, lija de un vistazo el horizonte. Ni un solo bicho. Una mancha oscura en un pico de roca viva”–  que, sin embargo, no parece forzada sino que nace con la naturalidad de la flor del cardo y que recuerda, por ejemplo, el registro poético y abigarrado de Clarice Lispector en La araña. Sólo que aquí, cuando ese lenguaje parece opresivo –y en La araña Lispector lleva ese experimento al límite–, la autora tiene la habilidad de enhebrar otro discurso, otro género que vuelve la narración siempre al campo de la legibilidad. Son las cartas que escribe el ingeniero Martinelli a su esposa desde el desierto y que le sirven a la autora para terminar de hilvanar la trama. Es de celebrar, entonces, el riesgo que asume Araujo. Como lectores, sólo nos queda asumir nuestra parte. Adentrarnos en la experiencia del desierto y aceptar que, tal vez, la consecuencia sea perdernos momentáneamente en ese laberinto de lenguaje y sentimiento trágico. 

martes, 1 de octubre de 2013

La educación musical


"El desierto será iempre esta casa donde nacieron
y aún crecen. La arena migra de una pieza a otra
y y los persigo, les presto un camello, les paso
mi kéfir para protegerlos del sol mientras pierdo
la cuenta de las noches y los días."

El poema es del último libro de Yaki Setton. Quienes crecen, claro, son los hijos. Los de la foto son los míos. Dos de los tres, los dos más grandes. Me gustó el contraste entre los chicos, su abrigo y el cielo detrás, esas nubes que parecen comérselo todo. La foto la sacó S. Yo me había quedado con el bebé en lo de mi querida amiga Vero. Bueno, aquí el link a la reseña  que escribí para Ñ en relación al libro de Yaki. Algo que me quedó afuera porque no sabía cómo escribirlo sin herir susceptibilidades: se suele decir que sólo los poetas leen poesía, bueno, este es un libro que perfectamente puede gustarle al lector de narrativa. Y no sólo porque los poemas tienen una cadencia que nos lleva a la prosa sino porque Setton aborda el tema desde lo más íntimo, lo más personal. En fin, se me ocurrió que el libro podría ser un buen regalo, por ejemplo. Un lindísimo libro para regalar. Y me dieron ganas de que se vendiera bien. Por eso la recomendación: regalen este libro sin importar que quien lo vaya a recibir sea o no amante de la poesía. Y viajen a las montañas. No hay nada como las montañas.

sábado, 31 de julio de 2010

Temporada de invierno en el diario El litoral de Santa Fe

Aquí el link a una reseña que escribió Cecilia Romana para El litoral de Santa Fe y que titularon "El tiempo elástico" en alusión a uno de los versos del libro. Gracias Romana!