lunes, 1 de marzo de 2010

Otra forma del realismo



Como muchos, recuerdo un tiempo, mítico –la infancia, siempre- en el que veía perfectamente bien. Luego, en séptimo grado, en lugar de copiar del pizarrón lo hacía de la carpeta de mi compañera de banco y después, más adelante usé lentes de contacto. No importa. Porque hubo otro renacer, hace ya más de once años en el que me operé de la vista y, como por arte de magia un mundo de límites difusos se transformó en uno nítidamente definido. Por supuesto, la miopía tenía que volver. Y en ese estado medio sonámbulo –me niego a usar todo el tiempo lo anteojos, quizás demasiado raros/modernos que me compré- voy y vengo, me subo a colectivos, intento leer el nombre de las calles, llevo a L al jardín, cocino, etc., etc.; es decir: estoy en el mundo, sí. Pero a medias.
Así, en este estado, pasé hoy por la vidriera de la cadena de cafés “Aroma” seducida por la imagen de un “frozen” de frutillas y arándanos. Claro que el frozen –lo que yo creí un batido fresco- se convirtió en una aventura que implicaba adentrarse en las entrañas mismas del lugar. Paso a detallar: 1. Las frutas frescas eran el misterioso contenido de uno sobres plásticos, congelados, de color bordó. 2. Para buscar dichos sobres, la cajera/mesera tuvo que hurgar debajo de las cajitas de unos helados, como si éstos sólo sirvieran para esconder otra cosa, como si la heladera, en realidad no estuviera habilitada para los “frozen”, como si todo esto de los frozen fuese, un invento para impedir que la cadena de cafés no se fuera directamente a la ruina. 3. Con los sobres congelados en la mano, me invitó a sentarme, dijo que ella me “traería el frozen a la mesa” porque para hacerlo tenía que ir “adentro”- Yo pensé: en estos cafés nadie va “adentro” porque adentro es afuera; abandonar esa especie de cocina a la vista equivale a traicionar la esencia del lugar, mucho más esto de sentarse y que te traigan algo. En fin. Por supuesto que, sentadita, con mi bolso repleto de cosas sobre la mesa esperé a que me trajera el brebaje. No era feo. Sólo que el color morado –porque no era exactamente bordó, ni fucsia, ni rosado- no se parecía en nada al que mostraba la foto en la vidriera. Y así, con el vaso de plástico en la mano, caminé por Santa Fé hasta Coronel Diaz donde me subí, como todos los días al 92. No pude evitar pensar que, la extrañeza de toda la situación tenía que ver con mi miopía. Que quizás ni el frozen era tan bizarro, ni el “Aroma” tan decadente, ni la mesera estaba tan apagada, como mecanizada. Sólo era yo, un poco al margen de las cosas, con la cabeza en otro lado y los sentidos demasiado alertas para suplir el déficit que me provoca mi maldita miopía. Otra forma del realismo, claro.
La imagen es de la artista plástica Claudia Mazzuchelli

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